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PIZARRA Y TIZA

10 septiembre, 2016

Procuraba no perderse ninguna clase. Siempre surgía algo que hacía que mereciese la pena entrar en el aula. O en la jaula, como la llaman sus colegas, a quienes jamás ha confesado cuánto disfruta cuando se encuentra entre esas cuatro paredes trapezoidales. Ese algo podía ser, por ejemplo, una explicación de la que la ajada pizarra sería testigo por enésima vez, pero a la que, por alguna razón, la elección o la mera ordenación de las palabras hacían parecer maravillosamente inédita. O podía ser una ingenua pregunta lanzada al aire, normalmente sucedida por un interminable silencio de pocos segundos, que, de nuevo, lo llevaba a admirar, rematadamente cautivado por su genialidad, un teorema, una conjetura, un corolario, una hipótesis, una ley o, quizá, un axioma. La sensación de que el tiempo transcurría a una velocidad mucho mayor para él que para el resto de personas allí presentes le provocaba una sensación extraña, comEl timbrazo lo sobresaltó. Apenas pudo terminar de escribir las dos últimas fórmulas, preciosas y cruciales, antes de que la clase se vaciase por completo en un ejercicio ruidosísimo de sincronización y disciplina casi marcial. Dejó la tiza en la caja y observó desde la tarima la perfecta y silenciosa ordenación geométrica de los pupitres vacíos, que le proporcionaba siempre una extraordinaria sensación de calma. Decidió sentarse en la silla que ocupaba minutos atrás ‘chico del tatuaje’ y contempló la enorme pizarra rectangular, cubierta de esquina a esquina por lo que parecía un galimatías indescifrable, como quien goza escudriñando cada rincón del Gernika de Picasso. Así permaneció varios minutos hasta que una voz lo sacó de su ensimismamiento.

“Gracias”.

Se dio la vuelta y vio a ‘chica callada’ en el umbral de la puerta del aula. La miró fijamente y asintió con una leve sonrisa. Al tiempo que ella se marchaba, se levantó y se dirigió de nuevo a la tarima. Borró la pizarra de manera metódica, de arriba a abajo y de izquierda a derecha, tal como le habían enseñado. Posó cuidadosamente el borrador en su bandeja y caminó hacia la puerta del aula. Apagó los fluorescentes y, antes de salir, se giró y observó las partículas de tiza que aún flotaban en el aire como un enjambre de ingrávidos insectos confinados en la cortina de luz poligonal que atravesaba sin pedir permiso los amplios ventanales de la clase. Era un polvillo casi atómico, que volaba caótica y deslavazadamente, pero que, en su origen, se estructuraba de manera ordenadísima formando un rígido cilindro a la espera de transformarse algún día en un adverbio, un siete o una rayuela. En este caso, los fragmentos infinitesimales de tiza habían llevado a cabo una reorganización efímera para plasmar en la pizarra, ahora inmaculadamente negra, los fundamentos de la compensación de energía reactiva en circuitos trifásicos equilibrados. Sonrió de nuevo.

“No hay de qué”.

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