Archive for the ‘Microrrelatos’ Category

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LIVES

15 septiembre, 2017

Estaba sentado en su taburete favorito del bar que frecuentaba las noches calurosas de verano. Nada parecía fuera de lo que se suponía normal en un modesto local de Jackson, Alabama: el ruido de fondo de platos y conversaciones ininteligibles, el clásico par de perdedores jugando al billar y el hombre alérgico al hogar tratando de mantenerse despierto mientras ve las noticias en un televisor mudo. Pero aquel no era un miércoles de agosto cualquiera: se cumplían cuarenta largos años desde el inicio de su disparatado y, a la vez, exitoso plan. Levantó la copa de whisky que había pedido para celebrarlo y asintió a modo de brindis con su imagen reflejada en el enorme espejo colocado tras la barra. En ese momento, sin razón aparente, cometió un error estúpido. Instintivamente, se llevó la mano a la boca para taparla como quien lo hace tras un regüeldo inoportuno y miró de reojo a Paul, el camarero, que detuvo la afanosa limpieza del vaso que tenía en la mano, frunció el ceño, entornó los ojos y le devolvió la mirada: el más anciano de sus clientes habituales acababa de canturrear tres palabras de manera inconfundible: “Are you lonesome…”.

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CINCO AÑOS

31 marzo, 2017

Solo le quedaba un cigarrillo. Lo apresó entre nariz y morros, y la miró. Ella rio al ver su improvisado bigote. Aunque a él le faltaban años para registrar la palabra dilema en su vocabulario, se encontraba ante uno bastante incómodo: sabía que ya no resultaba tan sencillo encontrar esos canutos maravillosos. Tras unos segundos vacilando, marcó milimétricamente la mitad del pitillo, lo partió y le entregó un trozo. Ella lo tiró, lo pisó y rio de nuevo. Él juró, inocente, que compartir aquel cigarro de chocolate iba a ser la primera y última estupidez que cometería por una mujer.

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TRAMPA

17 marzo, 2017

El malvado Luthor había puesto kryptonita en la bodega. Superman, a duras penas agarrado a una de las alas del avión, trataba inútilmente de evitar su vertiginosa caída en picado. Las dramáticas fotografías tuiteadas por una pasajera no dejaban lugar a dudas en la prensa: “El malogrado hombre de acero, culpable de la tragedia aérea”. El plan de Luthor había funcionado a la perfección, pero aún necesitaba un disfraz para seguir adelante con su propósito de conquistar el mundo. Se puso un traje oscuro, una camisa blanca y una corbata roja. Por último, cubrió su reluciente cabeza calva con una ridícula peluca rubia oxigenada.

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SÍRVASE FRÍA

16 marzo, 2017

Se asomó sola por la escotilla para ver amanecer, rodeada de los pinos con aroma pavloviano que seguían circundando, dos décadas después, un picadero de estrategiquísima situación. Los aullidos de auxilio que había proferido aquella madrugada desde el Ibiza de Jimmy permanecían sin duda impregnados en las cortezas de esas coníferas majestuosas, pero estas habían sido rechazadas como testigos en el pleito contra el desamor de su vida. Tan pronto como el sol hubo dejado de ser tan secante con el horizonte para permitirle un beso tangencial, escupió sobre la fotografía de aquel malnacido y volvió a meterse en el tanque, dispuesta a ejecutar su venganza a cañonazo limpio.

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TE DESEAMOS TODOS

2 marzo, 2017

Cerró los ojos y sopló las velas. Acto seguido, corrió a mirarse en un espejo. Mientras sonreía observando su reflejo, a su hermana le crecían orejas de elefante y un cachorro de labrador rompía a ladrar y su videoconsola se duplicaba y se esfumaban las botellas del mueble bar y su añorada abuela tejía plácidamente en su mecedora y llovía pis. Los deseos personales que los otros niños volcaron en sus soplidos solidarios también se habían hecho realidad, pero solo para el cumpleañero. Arrancó de un mordisco un trozo de una puerta de su nueva casa de chocolate. Al fin y al cabo, se había convertido en adulto y por fin podía hacer lo que le diera la gana.

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DOSCIENTOS DOS

24 febrero, 2017

Eran otros tiempos. Nada de Rubia1954 y xiko_24. Doscientos dos kilómetros entre buzón y buzón.

¿Y si…? Eternamente tuyo.

A medio camino. Rosa roja en la solapa, broche azul en la blusa.

 

Cuéntaselo. Te ahorrarías el broche, tanto si sí como si no.

 

Se olió. Ni rastro ya de la colonia. Y mira que es cara. Posó los claveles en el banco como quien lo hace en una tumba del cementerio. Los adornó con la rosa, redundante.

Tiró las cartas al mar porque no fumaba.

 

Había perdido el tren: no pudo subir un escalón de doscientos dos irónicos milímetros. Pero hoy hay rampa. Y es grafóloga.

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PIZARRA Y TIZA

10 septiembre, 2016

Procuraba no perderse ninguna clase. Siempre surgía algo que hacía que mereciese la pena entrar en el aula. O en la jaula, como la llaman sus colegas, a quienes jamás ha confesado cuánto disfruta cuando se encuentra entre esas cuatro paredes trapezoidales. Ese algo podía ser, por ejemplo, una explicación de la que la ajada pizarra sería testigo por enésima vez, pero a la que, por alguna razón, la elección o la mera ordenación de las palabras hacían parecer maravillosamente inédita. O podía ser una ingenua pregunta lanzada al aire, normalmente sucedida por un interminable silencio de pocos segundos, que, de nuevo, lo llevaba a admirar, rematadamente cautivado por su genialidad, un teorema, una conjetura, un corolario, una hipótesis, una ley o, quizá, un axioma. La sensación de que el tiempo transcurría a una velocidad mucho mayor para él que para el resto de personas allí presentes le provocaba una sensación extraña, comEl timbrazo lo sobresaltó. Apenas pudo terminar de escribir las dos últimas fórmulas, preciosas y cruciales, antes de que la clase se vaciase por completo en un ejercicio ruidosísimo de sincronización y disciplina casi marcial. Dejó la tiza en la caja y observó desde la tarima la perfecta y silenciosa ordenación geométrica de los pupitres vacíos, que le proporcionaba siempre una extraordinaria sensación de calma. Decidió sentarse en la silla que ocupaba minutos atrás ‘chico del tatuaje’ y contempló la enorme pizarra rectangular, cubierta de esquina a esquina por lo que parecía un galimatías indescifrable, como quien goza escudriñando cada rincón del Gernika de Picasso. Así permaneció varios minutos hasta que una voz lo sacó de su ensimismamiento.

“Gracias”.

Se dio la vuelta y vio a ‘chica callada’ en el umbral de la puerta del aula. La miró fijamente y asintió con una leve sonrisa. Al tiempo que ella se marchaba, se levantó y se dirigió de nuevo a la tarima. Borró la pizarra de manera metódica, de arriba a abajo y de izquierda a derecha, tal como le habían enseñado. Posó cuidadosamente el borrador en su bandeja y caminó hacia la puerta del aula. Apagó los fluorescentes y, antes de salir, se giró y observó las partículas de tiza que aún flotaban en el aire como un enjambre de ingrávidos insectos confinados en la cortina de luz poligonal que atravesaba sin pedir permiso los amplios ventanales de la clase. Era un polvillo casi atómico, que volaba caótica y deslavazadamente, pero que, en su origen, se estructuraba de manera ordenadísima formando un rígido cilindro a la espera de transformarse algún día en un adverbio, un siete o una rayuela. En este caso, los fragmentos infinitesimales de tiza habían llevado a cabo una reorganización efímera para plasmar en la pizarra, ahora inmaculadamente negra, los fundamentos de la compensación de energía reactiva en circuitos trifásicos equilibrados. Sonrió de nuevo.

“No hay de qué”.